Lecciones de vida que aprendí en un monasterio budista

Hace poco hice un curso de meditación Vipassana en un monasterio budista en la ciudad de Chiang Mai, al norte de Tailandia. El curso duró 10 días, en los cuales nos aislamos por completo. Al llegar entregamos celulares, cuadernos, computadoras, reproductores de música, y libros. Las reglas eran no hablar y evitar contacto visual con todos, no escribir ni leer, ni siquiera sobre budismo, y cumplir con los ocho preceptos que aceptamos durante la ceremonia de inicio, que incluyen desde no matar hasta no usar maquillaje ni comer fuera de horario.

Durante esos 10 días seguimos el ritmo del templo. Nos levantábamos con la campana de las 4am, meditábamos hasta la campana del desayuno a las 6.30am, luego limpiábamos y meditábamos hasta el almuerzo, a las 10.30am. De ahí en adelante no podíamos consumir sólidos, y nuestras únicas responsabilidades eran meditar y reportar con el Maestro a las 4pm. En total, meditábamos 10hs al día.

Después de salir me llevó tiempo poder sentarme a escribir sobre mi experiencia. La cantidad de sensaciones, emociones y pensamientos que me atravesaron fueron tan diversas como inesperadas. A pesar de las reglas, uno no puede evitar notar lo que pasa a su alrededor. Vimos mucha gente dejar durante los primeros días, incluso al quinto día, dónde uno creería que tenía la batalla mitad ganada. Vimos gente llorar porque no podía tolerar lo que sentía, sus pensamientos, y las reglas. Aún así decidimos seguir.

El retiro te obliga a encontrarte uno a uno con tu mente. Parece increíble que convivimos con ella día a día, las 24 horas, pero en momentos decisivos a muchos nos trae de rodillas. Estar a solas con tu mente significa enfrentarte con todos tus fantasmas, incluso con los que no sabías que existían. Significa ver desfilar imágenes que estaban intencionalmente perdidas en algún rincón de tu mente, y decidir en ese momento cómo lidiar con ellas.

De a poco uno empieza a entender cómo cada situación se convirtió en una creencia, y cómo esas creencias se filtran hasta en las más pequeñas decisiones diarias. Un fracaso que se transformó en un “no puedo“, una herida que se grabó como un “nunca más“, y así levantamos paredes, trazamos límites con carteles de “cuidado“ y construimos algún puente, en lo que terminó siendo un laberinto emocional insondable.

Con el pasar de los días uno empieza a percibir las emociones como en cámara lenta. Las puede ver nacer de un pensamiento, acercarse, llenarte, y respira hasta que de a poco se van, como tinta que se diluye. Uno aprende que lo malo pasa, como el río, pero lo bueno también.

Empezar a meditar es dar inicio a una batalla constante con uno mismo. En esa batalla, nuestra mente puede ser nuestro aliado más poderoso, o nuestro peor enemigo. Uno pelea por concentrarse en el presente y nuestra mente comienza a mostrarnos cosas. De ella depende si nos sorprendemos a nosotros mismos afanándonos por futuro, lamentando cosas del pasado, o con ideas geniales para nuevos proyectos y una sonrisa en los labios.

Lleva tiempo, paciencia, mucho esfuerzo, determinación y trabajo, aceptar nuestros errores, dolores y defectos, y nuestra condición de humanos: inherentemente falibles y mortales.

Hoy creo que vinimos a este mundo a pelear esa batalla, que no es otra que la de disfrutar la vida a pesar de sus arideces y desengaños. Y si vinimos es porque el universo cree que tenemos alguna oportunidad de ganarla. Quizás lo más importante que aprendí en esos diez días es que es preferible pelear esa batalla que andar por la vida con el enemigo adentro, a sabiendas, sin juntar el coraje para enfrentarlo.

Disciplina y carácter

Confieso que entretuve la idea de irme más de una vez, pero nunca llegué a desearlo lo suficiente como para hacerlo. Estaba comprometida con mi objetivo.

Sentí que caminaba por dos caminos, a veces paralelos pero por lo general coincidentes. Por un lado estaba la práctica de meditación. Exigente en su extensión y dificultad. Cuando descansaba de la práctica consciente, me pasaba al otro camino, el de la disciplina de monje, con su poco sueño, su medio día de ayuno y sus escasas palabras. En mi caso también estaba el componente cultural que me impedía tener ganas de comer sopa de fideos a las 7am y me prendía fuego al estómago con el picante tailandés en cada almuerzo. Al principio fantaseaba con asados y panqueques con dulce de leche. Para el tercer día me hubiera conformado con un pedazo de pan. Aún así, nunca comí fuera de horario. “La fuerza de voluntad es como un músculo“, nos dijo el Maestro. Yo hacía rato que no la ejercitaba, pero en ese momento estaba dispuesta a llegar hasta el final. Necesitaba saber que podía hacer lo que me propusiera.

Mientras andaba y desandaba esos caminos, aprendí el valor de la disciplina, y cuán importante es para la vida. Requiere disciplina adoptar un hábito: levantarse temprano, hacer dieta, hacer ejercicio regularmente, estudiar. Requiere disciplina la excelencia, el buen trabajo, la felicidad, el éxito, cualquiera sea tu definición de él.

Ghandi dijo una vez que nuestros hábitos se transformaban en nuestro destino. Son nuestros hábitos y cómo lidiamos con nuestra mente los que forjan nuestro carácter. Y nuestro carácter es nuestro escudo, nuestra azada, nuestro cincel. Nuestra herramienta más valiosa para enfrentar vida.

Seguir leyendo: Otras cosas que aprendí

Nota de Leandro Pisaroni, donde cuenta su experiencia luego de realizar el mismo curso.

Anuncios

Un comentario en “Lecciones de vida que aprendí en un monasterio budista

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s